Bk04002a

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Fecha: 20000402

Título: Necesitamos una "ecologia del espiritu"

Original en audio: 10 min. 8 seg.


Hermanos:

La primera lectura nos cuenta el resumen de toda una etapa del pueblo de Israel. Esa etapa es la etapa de los reyes, y el balance que se presenta es muy triste, porque los reyes, esa serie que empezó con Saúl, David, Salomón, porque los reyes terminaron siendo infieles a Dios arrastrando al pueblo hacia la idolatría.

Y la consecuencia vino, ese es el análisis que aparece en la primera lectura, la consecuencia vino en que el pueblo fue desterrado.

Los caldeos cayeron sobre el pueblo, arrasaron el templo, se llevaron cautivos a lo mejor de la población a otra parte, a Babilonia. Setenta años después, más o menos, los cambios en la política internacional de ese tiempo, en este caso el reinado de Ciro rey de los persas, que venció a los caldeos hizo que los judíos, -una parte de los judíos-, pudieran regresar a su tierra.

Estos acontecimientos sucedieron todos en el siglo VI A. C. Más o menos entre el año 587 y el año 521 A.C. Esto que he contado es historia comprobada, es historia realizada. Y de esa historia que está consignada en la Biblia nosotros tenemos que sacar una enseñanza para nuestro propio caso.

La enseñanza tiene dos partes que quiero compartir con ustedes: la primera parte, notemos cómo hay un llamado de Dios y hay una sordera en el hombre. Es muy triste lo que se dice ahí.

El señor Dios de sus padres, por la lástima que sentía de su pueblo y de su propia morada, les envió constantes advertencias, pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras, se rieron de sus profetas.

También Dios en nuestro tiempo nos invita como dice el Nuevo Testamento a tomar en serio nuestro proceder en esta vida, especialmente a través de la predicación de la Iglesia, a través de sacerdotes, obispos y también a través de carismas especiales Dios nos llama a conversión, porque existe una cosa que se llama "la consecuencia de nuestros pecados".

Cómo vamos a ser tan sordos y ciegos, ya nos estamos dando cuenta de que el mal uso de los medios que nos ofrece la naturaleza hace invivible el mundo. Ya la ecología nos abrió los ojos y nos dijo "no echen a perder más el medio ambiente".

¿Eso qué significa? Sus obras hacen que el mundo se convierta en un lugar invivible. Y vienen todas las explicaciones sobre el efecto invernadero, la pérdida de la capa de ozono, la desaparición de los bosques tropicales, el avance incontenible de los procesos de desertificación, el aumento en el nivel de los mares y todas las demás plagas.

Porque la naturaleza, por decirlo de alguna manera, se rebela contra la irracionalidad de la especie humana que trata de hacer de este mundo como una cantera sólo para su provecho, olvidándose de las generaciones que están por venir.

¡Qué bueno que ya tenemos una conciencia ecológica! Y ya nos vamos dando cuenta de que no se puede tratar de cualquier manera el mundo. Nuestros actos tienen consecuencias.

Esa ecología que ya la aplicamos a las cosas visibles hay que aplicarla también a la vida del Espíritu. No se puede envenenar el ambiente, no se puede llenar de mentira, de corrupción, de pornografía, de engaño, de injusticia, no se puede saturar el ambiente de la sociedad de todas esas cosas y pretender que el mundo resista y resista y resista.

Así como la radiactividad cuando se fuga de las plantas nucleares produce monstruos en la genética así también este ambiente enrarecido produce monstruos como los que nos cuentan algunas veces los medios de comunicación.

Monstruos que asesinan a sus padres, que asesinan a sus hijos, que abortan a sus bebés, que destruyen las vidas; esos monstruos no se dan solos, esos monstruos son la consecuencia de un ambiente enrarecido, de un ambiente enfermo.

Primera enseñanza: necesitamos una ecología del espíritu, necesitamos limpiar, purgar, purificar nuestro ambiente ¿empezando por dónde? Empezando por la alcoba del bebé, por la televisión que mira el niño, por las canciones que oye el adolescente, por las palabras y secreteos que se dicen los novios, por las conversaciones en la oficina, por las revistas que compran las señoras, por lo que llega en Internet.

Necesitamos purificar, limpiar nuestro ambiente, casa limpia, cargos limpios, iglesias limpias, no sólo exterior y físicamente, sino sobre todo en esa ecología del espíritu.

En segundo lugar, y esta es la segunda y última enseñanza, el Salmo que hemos repetido nos cuenta esa nostalgia que tenían los judíos cuando estaban desterrados. Y Dios escuchó esa nostalgia, podemos decir que Dios los hizo pasar por esa experiencia de ser extranjeros, de verse privados de su tierra, de su cultura, de su ambiente, de su libertad.

Dios los hizo pasar por esa experiencia, que se sintieran extranjeros para que aprendieran a amar Jerusalén, ¿por idolatrar una ciudad? No, porque Jerusalén es la ciudad de la bendición y de la paz; la palabra Jerusalén significa misión de paz, es la ciudad que Dios le entregó al rey David, es la imagen de la paz entre Dios y los hombres.

Y aquí viene nuestra segunda enseñanza: sentirnos extranjeros como los judíos es bueno, y pido yo a los padres de familia que enseñen a sus hijos a sentirse extranjeros. Muy claramente dice esto San Pablo en el capítulo 12 de la Carta a los Romanos.

allí dice: “Transformaos por la renovación de vuestra mente” Carta a los Romanos 12,2, y dice: “No os amoldéis a este mundo” Carta a los Romanos 12,2.

Un cristiano tiene que ser una persona que en parte vive en el mundo, pero en parte soporta el mundo. Es bueno sentirse extranjeros, es bueno sentir que este mundo no nos satisface; es bueno tener un anhelo que no nos lo pueda llenar ningún helado, ninguna comida, ningún baile, ningún placer.

Es bueno, muy bueno tener esa hambre, tener ese deseo es muy bueno, porque ese anhelo nos ayuda a purificar nuestros ambientes y porque ese anhelo nos va guiando hacia la salvación.

Termino con una frase de san Juan de la Cruz, uno de los más grandes santos y místicos de la Santa Iglesia Católica. Decía San Juan de la Cruz, carmelita del siglo XVI, que en la búsqueda de esos regalos del amor de Dios hay un punto en el que nosotros somos como los cervatillos.

Así como los ciervos, los cervatillos huelen el agua, y aún en una noche sin luna pueden encontrar la quebrada a muchos kilómetros, porque huelen el agua, así también nosotros, guiados por estos anhelos, nos vamos orientando como por olfato buscando el perfume del Cielo, buscando el aroma de la gracia, buscando el incienso de lo alto para el que fuimos creados como verdaderos adoradores en espíritu y en verdad del Padre celestial.

Que Dios Nuestro Señor conceda a las familias un espíritu robusto para limpiar su ambiente y para orientarse con amor hacia la Patria de los Cielos.

Amén.

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