Epif007a

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Fecha: 20000102

Título: Dios se manifiesta a todos los pueblos

Original en audio: 16 min. 50 seg.


Queridos Hermanos:

Esta es la solemnidad de la Epifanía, palabra que, como seguramente sabemos, significa la manifestación o la revelación. ¿Y quién es Este que se ha manifestado y que hoy celebramos? Precisamente el Niño Jesús, cuyo nacimiento hace unos pocos días llenaba de alegría nuestros corazones.

¿Qué es lo que nos invita a celebrar esta fiesta? La lectura del Apóstol San Pablo nos va a servir de guía, nos va a servir como de maestro para aprender cuál es la alegría propia de esta fecha.

En la Carta a los Efesios, el Apóstol San Pablo se goza de un plan de salvación, de un designio de salvación que Dios ha realizado. En el capitulo primero de esta Carta, los versículos del tres al diez, son un himno de alabanza al plan de salvación de Dios.

En esa Carta a los Efesios, San Pablo se maravilla de ver cuál fue la estrategia que Dios utilizó para revelar su amor, para transmitir su salvación, para comunicar su gracia a todos los pueblos; y es ese plan, esa estrategia de salvación, la que hoy queda manifiesta en la celebración de la Epifanía.

¿Qué fue lo que hizo Dios para salvar a la humanidad? Hay que saber cuál es la condición de la humanidad, para luego admirarse de lo que Dios hizo para salvarnos.

Un filósofo que ciertamente no se caracterizaba por su amor a la Iglesia Católica, Juan Jacobo Rousseau, dijo un pensamiento que muchos han repetido y que tal vez muchos hemos considerados como verdaderos en nuestro corazón; dijo Rousseau: “El hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe”.

Su estrategia pedagógica, la de Rosseau, para reconstruir al ser humano estaba centrada en la educación, porque de acuerdo con el pensamiento de este hombre, las semillas de bondad está en los niños, pero el mundo, la sociedad, los adultos lo echan o lo echamos a perder todo.

Ese pensamiento de Rousseau es cuestionable, nosotros podemos descubrir en los niños, incluso pequeños, huellas de egoísmo, de orgullo, de crueldad, tal vez no tienen los mismos pecados nuestros, pero no creo yo que podamos declarar inocentes a los niños; todos nosotros, los que hemos tratado niños, y sabemos que un niño, si no se corrige, se convierte en un pequeño monstruo.

Un psiquiatra norteamericano decía, que un loco, un psicópata es un adulto que sigue portándose en muchas cosas como un bebé, porque los bebés miran todo el universo en torno a sus necesidades y son notoriamente indiferentes frente al dolor de su prójimo.

Pero la frase de Rousseau esta ahí en pie, muchos de nosotros sentimos que es el mundo el que se encarga de repetir las mismas estrategias, las mismas mañas, los mismos vicios generación tras generación, un ejemplo patético de esto está en nuestro propio país.

Los que estudian la violencia en Colombia, llegan a una conclusión: que la violencia se va reproduciendo, generación tras generación, por vía de resentimiento. Un niño que ha visto asesinar a su papá, una niña que ha sufrido, meses, la angustia del secuestro de sus papás o de sus abuelos es un candidato para resentido, para amargado, para egoísta, para violento.

Es muy difícil ser buenos cuando la vida ha golpeado, cuando el mundo ha golpeado nuestros mejores ideales. Un joven que se prepara con lo mejor de su esfuerzo, por ser un buen profesional y que luego no encuentra una ubicación laboral por ninguna parte y que no encuentra respuesta en ningún sitio, necesariamente, diríamos, tendrá el rostro amargado.

El pecado, la maldad se va reproduciendo, pasando de unas personas a otras. Es muy doloroso para uno como sacerdote ver cómo papás enfermos enferman a sus hijos. Yo no le doy la razón a Rousseau, entre otras cosas porque contradice la enseñanza del pecado original, en la que sí creo y que veo comprobada cada parte.

No le doy la razón a Rousseau, pero sí creo que el pecado tiene una estrategia pavorosamente eficaz para trasmitirse, para contagiarse, va envolviendo todo, va salpicando todo, de modo que cuando miramos a los niños o a los jóvenes de nuestro tiempo, muchas veces sentimos temor, casi desesperanza.

Sentimos pesar de que esos niños, que esos jóvenes se convertirán más adelante en personas desilusionadas o frustradas; los papás de niños pequeños, los abuelos ante sus nietecitos se preguntan: "¿Qué mundo le tocará a este niño?" "¿Qué oportunidades tendrá mi hijo?" "¿En que país le tocará vivir a esta creatura?"

Con esas pinceladas, queridos hermanos, he tratado de describir la pavorosa eficacia que tiene el pecado para difundirse de una generación a otra; y hay que conocer este fondo oscuro, este fondo negro, para descubrir sobre ese fondo, la luz maravillosa de la salvación que Dios nos ofrece.

¿Cómo salvar al mundo? En un mundo donde el pecado se propaga con espantosa eficacia, como aquellas langostas, crueles inexorables, que vio el profeta Joel, en un mundo donde la maldad parece campear y donde las virtudes, sobre todo las más delicadas, tiernas y cercanas a Dios están amenazadas, en un mundo así ¿cómo es posible recobrar la imagen de Dios? ¿Cómo es posible ser semejanza de Dios? ¿Cómo es posible acoger el plan original de Dios?

Este era el problema, y la solución que Dios encontró, la solución que Dios está encontrando, en cierto modo, porque el plan no ha terminado de realizarse, es la elección de un pueblo, la preparación de un pueblo, ese pueblo elegido es el pueblo hebreo, el pueblo de Israel, el pueblo judío.

A través de las etapas que nos cuenta la Sagrada Escritura, Dios fue educando a este pueblo, Dios fue conduciendo a ese pueblo y lo hizo capaz de transmitir su Palabra. Es admirable ver cómo era el pueblo de Israel cuando Dios lo encontró.

En el Libro del profeta Ezequiel dice Dios al pueblo de Israel: “Te encontré como un recién nacido abandonado, como un niño expósito agitándose en su propia sangre” Ezequiel 16,5-6.

El pueblo que Dios encontró fue un pueblo de salvajes, ese es el pueblo del que nos habla la Sagrada Escritura, cuando nos encontramos con todas esas guerras, matanzas y violencia.

Un pensador al que yo aprecio mucho, Martín Gardner, un divulgador de la ciencia escribió no hace mucho un libro sobre sus creencias filosóficas y religiosas y él decía que no podía creer en el Dios de la Biblia, porque hay demasiada sangre en la Biblia, demasiada violencia y demasiadas matanzas. Le respondo al señor Gardner diciendo: “Precisamente, por eso creo yo en Dios”.

¿Cómo así? Porque si Dios pudo tomar un pueblo así, como siguen siendo los pueblos de Oriente, no sé si ustedes hayan leído ya las declaraciones del Ayatollah de Irán, acaba de declarar en las últimas horas que hay que hacer desaparecer al estado de Israel.

Y eso pone de nuevo en ascuas la paz de todo el mundo, quiere que desaparezca Israel, que sea reemplazado por un estado soberano de Palestina; que desaparezca Israel que sea exterminado Israel, predica este señor. Eso es lo que encontramos en la Biblia, ese es el mundo de violencia en el que Dios eligió a ese pueblo.

Y hay que leer la Sagrada Escritura para alegrarnos de que Dios haya podido tomar a ese pueblo violento, como siguen siendo todos los pueblos del Medio Oriente, y en esas condiciones adversas por la naturaleza, adversas por la política, adversas por el medio ambiente, por el hambre, por el desierto, por la ambición y la codicia humana, en esas condiciones Dios eligió a ese pueblo y lo condujo y lo volvió mensajero de su amor, testigo de su poder.

Lo convirtió en heraldo de su mensaje para todas las naciones, y todas las naciones somos también nosotros. Dios escogió a este pueblo por dos razones, entre otras muchas. primera, porque siendo un pueblo como es, mostró en él que podía educarlo, que podía sanarlo, que podía vencerlo con la mano fuerte del amor y que podía transformarlo hasta sacar de ese pueblo, la descendencia de David y la fe en ese pueblo, su propio hijo, Jesús el Señor.

En ese pueblo Dios mostró que puede transformar la naturaleza humana herida por los peores pecados. En ese pueblo Dios mostró que tenía poder suficiente para cambiar el corazón humano, y por eso, desde los orígenes de la Escritura, hasta el señor Jesucristo, es demasiado el camino que se ha recorrido, y por lo tanto, es inmensa la esperanza que nace para nosotros.

En segundo lugar, Dios escogió a este pueblo para convertirlo en mensajero, en testigo para todos nosotros que somos los gentiles, y por eso yo me admiro con San Pablo.

Mira lo que nos ha dicho San Pablo hoy, capitulo tercero de la Carta a los Efesios: “La revelación es esta: que vosotros los gentiles, aceptando el Evangelio, participáis en Cristo Jesús de la misma herencia, del mismo cuerpo y de las mismas promesas que el pueblo de Israel, gracias a la predicación del Evangelio" Carta a los Efesios 3,5-6.

Gracias a la efusión del Espíritu Santo, gracias a que se ha revelado la gracia de Dios, que es lo que celebramos hoy en la Epifanía, gracias a esa revelación, son para nosotros todas las promesas que Dios hizo al pueblo que transformó, al pueblo que educó, al pueblo que modeló; gracias a la predicación del Evangelio, gracias al poder y la efusión del Espíritu Santo, nosotros podemos abrazar esta Escritura y sentir que es palabra para nosotros.

Y sentir que lo que Dios promete aquí es para nosotros y entonces nos maravilla la sabiduría de Dios, que en medio de un mundo repleto de pecado, encontró una manera de elegir y de formar a este pueblo, encontró la manera de predicar una noticia y de difundir su amor, para que todos nosotros alcanzáramos la salvación.

Este es, mis hermanos, el sentido profundo y maravilloso de la fiesta de hoy. ¿Y los Magos? ¿Los tres Reyes Magos qué tienen que ver con la fiesta de hoy? Pues que ellos son las primicias, ellos son el comienzo, ellos no eran judíos, ellos son, en la revelación cristiana, la primera señal de que las promesas y los bienes de Israel iban a llegar también a los gentiles.

Como en eso que es algo muy pequeño: que llegaron unos Sabios de Oriente al Pesebre, es algo muy pequeño, es una anécdota, pero ahí hay una señal preciosa, una señal bellísima, de que ese Niño, en el cual se cumplen todas las promesas de Israel, es también la alegría, la esperanza y la salvación de todos los pueblos. Y eso es lo que significa Epifanía.

Bendito sea Dios.

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