O196002a

De Wiki de fraynelson.com
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 20000819

Título: La pureza tiene una gran fuerza apostolica

Original en audio: 10 min. 43 seg.


La primera lectura nos recuerda esa enseñanza que en su momento fue revolucionaria, la del profeta Ezequiel, la enseñanza de la responsabilidad personal. No estamos definitivamente atados al pasado de nuestros antecesores.

Es verdad que dependemos de ellos en muchos aspectos, pero existe algo que se llama la responsabilidad personal. Esta parte es conocida de ese pasaje, pero luego Ezequiel saca una consecuencia de ahí.

Frente a ese derrotismo, que ve el presente como desenlace inevitable del pasado, Ezequiel invita a una actitud nueva: "Hazme un nuevo corazón"; "Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva" Ezequiel 18,23.

Para eso se necesita un corazón nuevo, se necesita un corazón puro, el mismo corazón que estábamos pidiendo con las palabras del salmo 51, y por eso podemos interpretar las lecturas de hoy, como una invitación a la pureza de corazón.

Un corazón puro de alguna manera queda reflejado también en aquella expresión de Jesús en el evangelio, “De los que son como estos niños es el Reino de los Cielos” San Mateo 19,14.

Hay tantas cosas en los niños que, tal vez, Jesús podría estar pensando cuando dijo esto, quizá, el hecho mismo de que los niños fueran como los humildes, los más humildes dentro de esa escala social.

Quizá, el hecho de que el niño es el que se deja conducir; quizá, la actitud de confianza que el niño tiene en los mayores; quizá, también esa pureza de corazón que suele darse en los niños, especialmente en los niños pequeños.

De manera que las lecturas de hoy nos invitan a reflexionar en ese corazón nuevo y en la llegada de la pureza a nuestra vida, como un nuevo comienzo; no es fácil lo del corazón puro. San Agustín lo dijo a su manera y Fray Luis de Granada lo tradujo de este modo: “En ningún otro campo es tan frecuente la lucha y tan escasa la victoria.”

La pureza de corazón cuesta; yo pienso que todos de pensamiento, de palabra, o de obra tenemos de que acusarnos, o tenemos que reportar derrotas, caídas, fracasos, en este aspecto.

Pero con las palabras vigorosas de Ezequiel, ¡no nos desanimemos! Un nuevo comienzo es siempre un nuevo abrazo a la pureza. Un nuevo comienzo es siempre una resolución por la pureza.

Y ¿qué es la pureza? Pues la pureza, según podemos ver, por ejemplo en los metales, es aquello que no tiene mezcla extraña; hablamos de oro puro cuando es sólo oro; si está mezclado con cobre, con óxido, con escoria, entonces no es oro puro.

Lo que es puro es lo que no tiene mezcla extraña, y ¿qué sería una mezcla extraña para el corazón humano? Pues aquello que no es propio de aquel a quien pertenece ese corazón. Nosotros, por triple motivo, tenemos nuestro corazón en Dios, porque Él lo ha creado.

Porque el Espíritu habita en nosotros por el bautismo, y porque el mismo Espíritu, en la voz de Jesucristo, nos ha convocado a una consagración a su servicio. De manera que un corazón puro es un corazón que no tiene mezcla extraña. Que no tiene ninguna combinación ajena a los intereses, al amor de Dios, al Espíritu de Dios. Tiene que ver, entonces, con el mundo de los afectos y del cuerpo y de la sexualidad, pero no se limita a eso.

Es impureza del corazón todo aquello que, delante de la mirada de Dios, nos avergonzaríamos de presentar en un inventario; si Dios me visita a cualquier hora del día, o de la noche, y me pregunta sobre el corazón, y me pregunta cuáles son esos pensamientos que tengo, cuáles son esos sentimientos que tengo, aquello que sería vergonzoso, todo aquello que sería humillante de presentar ante los ojos de Cristo, en un reporte de esa naturaleza, todo es impureza de corazón.

Entonces, en ese sentido vemos que hay un modo integral de ver a la pureza, como la santidad integral del alma, como el resultado de una ofrenda de holocausto hacia Dios.

Buscar, en este sentido, la pureza es mucho más que evitar las ocasiones de faltar al sexto, o al noveno mandamiento. Buscar la pureza, en este sentido, es realizar el acto sacerdotal de ofrecer lo que nosotros somos en plenitud de holocausto para Dios.

Es evidente que esto supera nuestras fuerzas; es evidente que necesitamos que ese corazón puro lo cree el poder de Dios en nosotros, pero también es evidente que Dios lo quiere crear.

Y además, la historia de la Iglesia muestra en la pureza de la Virgen, en la pureza de Santo Domingo, y desde luego, y primero que todo en la pureza del amor de Cristo, muestra la fuerza apostólica y la eficacia maravillosa que tiene la pureza.

Ahí, aparece la gracia especial que tiene la pureza. No se nos olvide que, por ejemplo, Santo Domingo decía que tenía una gracia especial para el ministerio con la mujer; la mujer es supremamente observadora, la mujer se da cuenta mucho antes que uno mismo. Se da cuenta de cuáles son las intenciones.

Aun antes que uno se haya resuelto a obrar en uno o en otro sentido, seguramente ya los ojos de la mujer saben por dónde va ese corazón, por dónde van las insinuaciones, las palabras, las miradas.

Por eso, la desconfianza de la mujer frente a la persona consagrada es una verdadera vergüenza, cuando llega a darse; al contrario, un corazón que sea verdaderamente puro, y por lo mismo, lleno de alegría, lleno de amor, un corazón que sea así, es un corazón que irradia confianza.

Muchas veces me he preguntado ¿Por qué la pureza tiene tanta eficacia apostólica? La respuesta es, hasta donde he podido ver, porque la pureza invita a la confianza.

Juan se recostó confiadamente hasta escuchar las palpitaciones del Corazón de Jesucristo; esa es la confianza que trae la pureza; ese es un amor que no me hace daño, un amor que no se adueña de mí, un amor que es oferta, y que no es garra que me atrapa.

La pureza tiene una gran fuerza apostólica por este sentido, y, lamentablemente, lo contrario, también sucede. Cuando falta la pureza, entonces, entra la desconfianza, esa forma, esa ironía con la que se habla de la vida religiosa, o la vida sacerdotal, cuando ha faltado la pureza.

Y esa distancia prudencial de miedo, en realidad, que toman las personas de aquel que les parece sospechoso, pues, obviamente, los aleja de Jesucristo; allí donde llega la impureza, allí donde se revuelven otros objetivos, rápidamente se pierde la autoridad para predicar, se pierde la credibilidad.

Pidámosle al Señor, simplemente repasando las palabras de hoy, que nos dé pureza de afectos, que nos dé pureza de corazón en este sentido integral, que a Jesús le guste lo que encuentre en nosotros, en nuestros pensamientos, en nuestras obras, en nuestros proyectos.

Que siempre nos encuentre Jesús en una actitud digna del llamado que nos ha hecho, y digna sobre todo de esa Sangre purísima que derramó por nosotros.

Hoy vamos a comulgar, creo que la inmensa mayoría de nosotros, o quizá todos vamos a comulgar, y es la Carne misma de Cristo, la Carne virginal de Cristo la que llega a nuestro cuerpo.

Vamos a recibir aquí al Señor Jesús, y a pedirle que ese alimento limpie todo lo que en nosotros hay, que dirija todo lo que somos hacia Él, de manera que nosotros seamos también templos de esa pureza, y desde ahí prestemos un servicio realmente eficaz en el ministerio de la predicación y de la salvación de las almas.

Herramientas personales